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Simbiontes en crisis: claves biológicas para una revolución social

La capacidad de búsqueda, la construcción e incluso la pérdida de sentido, son aspectos que caracterizan a los seres humanos. En función de la curiosidad que nos moviliza y la armonía de la vida como sistema, resulta conveniente que no comprendamos aquello con lo que coexistimos. Al mismo tiempo, de pronto hace falta una mayor conexión con dicha coexistencia a favor del cuidado de todos.

A través del tiempo, hemos levantado paradigmas que se han nutrido de forma transdisciplinar, como ha sido el caso de la concepción de individuo desde la biología y la sociología durante la modernidad en distintas culturas, cuya influencia repercute, por ejemplo, en la popularización de ciertos tipos de narradores en la literatura o en la elección de ciertos tipos de planos en el cine. Todas estas ideas e incursiones están siempre sujetas a variaciones y a sustituciones.

Acerca de esto, pienso en dos aspectos estimulantes respecto a lo anterior: mímesis y caos. Dos elementos clásicos del pensamiento humano que viene bien re-visitar, pues son inherentes a todas las formas de vida. Por una parte, nuestra capacidad mimética nos conduce a la masificación de patrones de comportamiento: el humor, la lengua, la moda, la cordialidad, las violencias, por mencionar algunos ¿Qué tanto tiene que ver esto con adaptación y sobrevivencia? Lo cierto es que aún no lo entiendo bien. En comunidades de seres cuya capacidad de construcción de sentido es vital para coexistir es medular cultivar una conexión, incluso un cuestionamiento sensible sobre nuestras prácticas miméticas.

En el caso particular de las culturas como linajes humanos de maneras de convivir, se produce un cambio en una comunidad humana particular sólo cuando una nueva manera de vivir como una red de conversaciones comienza a conservarse de manera transgeneracional. Y eso comienza a suceder cada vez que una configuración en el emocionar, y, por lo tanto, una nueva configuración en el actuar, comienza a ser parte de la manera corriente de incorporación cultural de los niños de esa comunidad, y estos aprenden a vivirla (Maturana, 1997, p.32)

En este sentido, el flujo comunicativo, es decir, el acceso a información corporal en la convivencia humana, condiciona la toma de decisiones y la repetición o descarte de ellas en función del bienestar de una comunidad que, al mismo tiempo, se puede afectar por su heterogeneidad  ¿Cómo se potencia el bienestar? ¿Cómo se combinan egoísmos en aquellas sociedades en que el sentido no es verdaderamente común? ¿Cómo coexisten los sentidos que construimos? ¿Qué hace que un ave determine seguir habitando la ciudad cuando esta ha hostilizado tanto sus condiciones vitales? ¿Ejerce ella también formas de resistencia? Pienso en la teoría del nicho acústico y en todos aquellos insectos que continúan salpicando frecuencias en un espectrograma de paisaje sonoro pese a la irrupción de los artefactos humanos.

Trailer de documental exhibido en el marco de la 14° Bienal de Artes Mediales en la Cineteca Nacional, Santiago de Chile

Por otra parte, aquellas rearticulaciones de la convivencia, aquellas digresiones emocionales/corporales/discursivas nos configuran como seres caóticos. En relación con esto, es extraño a veces ver a la humanidad como fenómeno desarrollarse solo por lo breve que es una vida humana. Es raro hablar de la gente cuando no hemos habitado muchas comunidades y territorios a través de varias generaciones. Aun así, podemos hacerlo desde la validez de nuestra existencia, de nuestra experiencia. Gracias al valor de la memoria, los relatos, la curiosidad, la preservación, la investigación, la mutación y la sensibilidad es que participamos del flujo vital; así como una roca que se modifica respecto al entorno en que se encuentra. Hay una sabiduría intrínseca a la roca en dejarse y resistir al mismo tiempo. No pretendo personificar con esto, más bien, apunto a algo distinto a lo humano, que muchas veces la verbalidad no permite asir.

Hace poco leí un bello texto en que se proyecta el concepto de ser vivo hacia el reconocimiento de una afectación sistémica, en lugar de individualizar y jerarquizar formas de vida (Gygli, 2019, web Revista Endémico). De todo esto rescato, por lo tanto, el potencial de acción de cada ser respecto a su contexto, a estimular nuestro vínculo con el caos y la curiosidad (leer más). Ideas similares ponen en relieve varios autores:

La simbiosis está volviéndose el núcleo principal de la biología contemporánea, y está reemplazando una concepción esencialista de “individualidad” con una concepción congruente con enfoques en sistemas mayores, ahora impulsando las ciencias de la vida en direcciones diversas (…). El descubrimiento de la simbiosis a través del reino animal está transformando en forma fundamental el concepto clásico de una individualidad insular, en uno en el cual las relaciones interactivas entre especies traspasan los límites del organismo y oscurecen la noción de una identidad esencial (Gilbert, Sapp y Tauber, 2018, p. 14-15. Para leer más acerca de esta editorial visita el siguiente link)

Registro de la exposición Simbiosis meditativa, Galería Cava, Santiago de Chile.

Somos seres que elegimos nuestra ficción, comunidades estructuradas según la construcción de sentidos y agitadas por el flujo de un caos más o menos intenso, por tanto, somos también variables y susceptibles a la contradicción e incluso a la destrucción. Así, siempre existe un espacio para la curiosidad – desde el respeto – y la duda. Tal vez estas sean constantes aliadas de la convivencia armónica, de la conbiota. Me ciño a dos preguntas del texto recién citado para proponer otras:

¿Qué preguntas científicas podrían llegar a ser importantes y cómo podría esto cambiar nuestra visión de la vida si la cooperación íntima entre especies fuera un rasgo fundamental de la evolución? ¿Qué podría significar “selección individual” si todos los organismos fueran quimeras, y no existieran individuos monogenéticos? (p.17)

¿Qué sería del género como construcción social? ¿Qué sería del reconocimiento de un Estado plurinacional? ¿Qué sería de la acogida a las demandas de nuestros cuerpos en Abya Yala? ¿Qué sería del respeto por la infancia, de la dignidad en la vejez, del cuidado de los bosques, aguas y montañas? Ciertamente es preciso reinventar nuestros sentidos y vectores con todo el potencial de modificación que tenemos. Es necesario “entender la modificación del entorno por parte de un organismo como parte del organismo en sí” (Gygli, 2019, web). También es conveniente salir a buscar respuestas en la observación sensible de otros reinos más allá del reino animal, como ocurre con las democracias humanas versus las vegetales, o democracias verdes, como las llama Mancuso, que se caracterizan por la descentralización de funciones y recursos (El futuro es vegetal, 2017). Incluso es conveniente proyectar la búsqueda más allá del concepto de ser vivo, de ser necesario.

Para terminar, deseo compartir un concepto similar, sino más amplio y envolvente, expuesto claramente por Elicura Chihuailaf:

El Itrofil Mogen puede ser traducido, en el mundo contemporáneo y científico, como biodiversidad (…) En su totalidad, el concepto Itrofil Mogen se refiere al conjunto del mundo viviente, comprendiendo e insistiendo en su unidad.

Para nuestras comunidades, este concepto es al mismo tiempo la biodiversidad y la biosfera, sin limitarse solo a consideraciones de orden natural. Así, el concepto es también el medio ambiente comprendido en sus dimensiones físicas, sociales y culturales (p. 50)

A partir de todas estas ideas, ¿cuál nos hace sentido en el cuerpo? ¿Cómo decidimos construirlo junto a otros? ¿Qué nos resuena? ¿Qué preguntas nos quedan?

 

 

Referencias

Chihuailaf, E. Recado confidencial a los chilenos. Santiago, Chile: LOM, 2017.

Gilbert, S., Sapp, J., Tauber, A. Todos somos líquenes. Puerto Montt: Humus, 2018.

Gygli, B. “Expandiendo el concepto de ser vivo”. Revista Endémico. Web, 2019.

Mancuso, S. El futuro es vegetal. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017.

Maturana, H., Verden-Zöllen, G. Amor y juego. Fundamentos olvidados de lo humano. Desde el patriarcado a la democracia. Santiago, Chile: Instituto de Terapia Cognitiva, 1994.

Valentina es poeta, autoproclamada embajadora de la fruta y actualmente está aprendiendo danzas afrobrasileñas.

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