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La desconfianza a los sin rostro

 “En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales”

(Han, p. 106, 2020).

Con esta cita de Byung-Chul Han, que leí en su artículo dentro del libro Sopa de Wuhan, quise retomar un tema acerca del que escribí anteriormente para esta revista (aquí): el rostro desnudo o cubierto v/s el cuerpo (el resto del cuerpo) desnudo o cubierto. Me permito aclarar, generalizando, que cuando Han dice en su texto “Europa”, creo que en realidad está diciendo “cultura occidental”, más allá de su intención. Por ello, habría que reemplazar, en la cita referida, “Europa” por “Occidente”, donde los únicos que van enmascarados son los criminales.

Tras leerla, inmediatamente vino a mi mente el estallido social chileno de octubre, las mascarillas protectoras contra el covid-19, las burqas usadas por las mujeres islámicas, las mascarillas usadas en Asia (imágenes propias de las noticias cada vez que se ha mencionado el alto nivel de contaminación ambiental o alguna enfermedad epidémica anterior al nuevo coronavirus). Así, se me vinieron a la cabeza una serie de imágenes convencionales y contradictorias a la vez, que develan concepciones políticas sobre el rostro cubierto o descubierto y con distintas clases de objetos y objetivos. 

El rostro privado compartido

Antes de referirme a lo político, en el sentido de las normas legales o éticas públicas, en una esfera un poco más inmiscuida en el ámbito privado y cotidiano, puedo deducir sin mucho esfuerzo, que el rostro está asociado al reconocimiento del ser y por tanto a la vergüenza. En la práctica digital de envío de nudes, por ejemplo, se recomienda entre amigos o compañeros nunca enviarlas mostrando el rostro. Enviar una foto del cuerpo desnudo + la cara, es un acto de confianza extremo hacia el receptor del mensaje en esos casos. Esta confianza se abraza a la idea de que no la compartirá con nadie ni mucho menos pasará a ser parte de una página pornográfica en algún otro lugar de Internet. Asimismo, existen nudes o semi-nudes públicas o publicables que circulan por redes sociales tan recurrentes como Instagram. Allí parece estar permitido y celebrado, en perfiles personales, mostrar los atributos físicos de un cuerpo convencionalmente bello junto al rostro, pero sin mostrar vulva, testículos o pezones femeninos, pues en ese caso Instagram envía un mensaje advirtiendo la posible eliminación de la cuenta, sin contar que está mal visto éticamente hablando. Parece ser que el culo e incluso el ano están más permitidos algunas veces en estas redes, o el pene si es que está dibujado, no fotografiado (@domingoelchino es básicamente porno gay en dibujos, por ejemplo). Aclaro que no sé mucho de genitales femeninos en Instagram, pues mi deseo homosexual me ha orientado a seguir más páginas de desnudos masculinos.

Es interesante ver en esto último que la representación de algo prohibido, para los algoritmos o los vigilantes del decoro social digital, no es parte del algo mismo (¿quizás el algoritmo no lo reconoce?). Es la idea del cuadro de Magritte: “Esto no es una pipa”. O sea, un pene o una vulva fotografiada (pues para estas plataformas la fotografía es un hecho y no una representación o punto de vista) ES efectivamente esa vulva fotografiada o ese pene particular, pero si están dibujadas o intervenidas “artísticamente” de manera notoria (no Photoshop, sino pintura), ya no lo son, quizás porque no apuntan a una persona particular, o porque pasan a estar protegidas por la esfera del arte en un sentido amplio, donde está permitido desnudarse, expresarse, “ser libre”. Del mismo modo, si se pinta una cara, esa ya no es la cara misma, ha pasado por el filtro delx autorx de la pintura, aunque esx autorx sea éllx mismx pintando su propia cara. Una reinterpretación de un autorretrato o de una selfie.

No sé ustedes, pero la primera vez que me saqué una selfie fue difícil y extraño. Yo las juzgaba mal, las encontraba vacías de contenido y molestas. Creo que la primera vez lo hice porque me había teñido el pelo rubio, por lo que quería mostrarme y, como nadie parecía estar interesado en hacerlo, saqué mi primera selfie y la publiqué en mi Instagram. Desde entonces no pude parar. A pesar de eso intento que no sean todas iguales y ahora soy crítico de aquellos que siempre se la sacan a la misma distancia y con la misma cara, pero en lugares diferentes que no tienen nada de nuevo o interesante, publicándolas permanentemente en su feed. Pero más allá de esta anécdota, quiero destacar que los me gusta (al menos los que yo recibo), siempre son más en aquellas fotos en que mi rostro se ve claramente, no importa qué tan bella o fea, impresionante, aburrida, o artística sea una foto, mientras no haya rostro el público parece perder gran parte de su interés. El cuerpo también suma puntos. Un paisaje, un animal o una cosa, por muy bellos o artísticamente propositivos que sean, parecen ser solo atrayentes para un público específico o especializado.

El rostro público

Como señalaba en mi artículo pasado sobre el mismo tema, el cuerpo simboliza lo colectivo, mientras que el rostro toma el significado de la individualidad e identidad. No es coincidencia que en la cédula de identidad la foto sea del rostro y no del cuerpo completo, ni tampoco lo es que las actuales cámaras de reconocimiento facial no sean de reconocimiento corporal. En el rostro, como en las huellas digitales (y como en la diferencia entre copos de nieve), se resume el individuo bajo la visión occidental, su diferenciación respecto a los otros. De allí que prime la selfie, la cúspide de la demostración de amor propio y defensa de los propios principios, de lo especial que son nuestras subjetividades, así como el registro que permite archivar los cambios temporales del sujeto. Expongo esta cara frente al mundo porque la acepto y quiero que todxs sepan que acepto esta cara ahora, hoy sin maquillaje o con, hoy con bigote o sin, aunque ustedes no lo hagan, empero preferiría que así fuera y quiero tener la mayor cantidad de aceptaciones posibles, por favor. Hay una hegemonía brutal de la cara por sobre el cuerpo y dentro de la cara, una hegemonía de los ojos y la boca, los centros de la sensualidad publicitaria comercial y de consumo.

Así, para que alguien no sea reconocido, por ejemplo, en una grabación, se le borronea el rostro, sin importar si el individuo en cuestión está hablando (lo que hace reconocible su timbre de voz) o si lleva la misma chaqueta de siempre, le falta un brazo o se ve su tatuaje del hombro. La individualidad, por mucho que se reparta por todo el cuerpo, se resume al rostro. De allí que para los occidentales, como también señala Han en su artículo, es mucho más difícil obedecer a llevar la cara tapada que para los orientales. Según el autor, esos países poseen prácticas y filosofías más colectivistas, a diferencia de nuestro individualismo que defiende la esfera y los intereses privados de cada quién. De allí surgen estas iniciativas de decorar la mascarilla o hacerla uno mismo con telas atractivas. No solo porque haya escasez de insumos médicos, sino porque por mucho que tengamos que estar con el rostro tapado, no podemos perder nuestra individualidad o particularidad cuando estemos en público. Esta es mi mascarilla. Así, mi cara es mi cara y no pertenece necesariamente a un rostro colectivo del cual no tengo por qué ser parte. Y ¿por qué? Porque no sé si comparto tu misma opinión o filosofía de vida. Es decir, el objeto que tapa el rostro siempre dice algo con intención desnaturalizante. Ejemplo: un pañuelo verde es proaborto. Es importante destacar eso, pues regula dos situaciones: la individual “yo pienso-defiendo esto” y la colectiva “pertenezco a esta gente y no a otra”.

Tras el estallido social de octubre del año pasado (2019), las opiniones políticas, como en los tiempos de la UP y de dictadura, volvieron a extrapolarse. Y a la vez que surgió un colectivismo sin precedentes dentro de una sociedad salvajemente neoliberal, también surgió una división política entre los gobernantes y el pueblo. Fue entonces cuando los poderosos tomaron partido por hacer aparecer el rostro en función de su masacre y la desidentificación del individuo. Hacer aparecer cualquier rostro, algún culpable, un delincuente, pues la desconfianza en un sistema se genera al no poder reconocer la cara de nadie dentro de ese sistema. La idea de prohibir las capuchas por ley solo puede surgir en un régimen político que le teme al cuerpo colectivo, y una masacre ocular como la que ocurrió en Chile apunta a una estrategia de destrucción del sentido más importante en occidente: la vista, y la deformación del rostro, que es la propia identidad y que, por tanto, tiene una función de desmoralización del movimiento social. 

Fotografía de JORGE SILVA a través de REUTERS.
Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-50601375

Pero dada la naturaleza de esta protesta política que se sostenía en el cuerpo colectivo y no en el rostro, es decir, en la presencia de los cuerpos sin identificar en el espacio, y no en la presencia de un jefe que los guiara y que apareciera en todos los carteles de esa protesta, en realidad, no había dónde apuntar. Y los argumentos vitales, incluso los que venían de parte de personas que perdieron la visión totalmente en ambos ojos, apuntaban a un sentido de colectivismo incomprensible para una democracia representativa heredera y cómplice de la dictadura. “Regalé mis ojos para que la gente despierte” son palabras que se le adjudican a Gustavo Gatica, el caso más conocido de ceguera por parte del Estado de Chile. Desde el 18 de octubre del 2019 la faz individual ya no era importante, sino la presencia del cuerpo que ya no era de uno, sino de todo ese colectivo gigante luchando por un mínimo de dignidad. Y el rostro tapado, el que el gobierno y como señala Han en su cita es el de los delincuentes, se volvió el rostro de todos, porque solo un rostro incompleto y sin individualidad puede ser un rostro compartido sin idolatrías. Es una estrategia (planeada o no) que a mi parecer viene de movimientos tan conocidos como los del Ejército Zapatista de Liberación Nacional al sur de México.

Tras el estallido social chileno, quedó demostrado que ya no creemos en ninguna cara, solo en el cuerpo; ya no en las palabras que pronostican un futuro de promesas que nunca llegan, sino en la acción inmediata, porque el cuerpo está aquí, ahora, vivo, lleno de necesidades y falto de dignidad. La contradicción de que ahora con la pandemia llevar el rostro tapado sea no solo el obedecer, pero también el cuidarnos, genera la paradoja de estar a favor de las sugerencias estatales, pero a la vez totalmente en contra y sin poder demostrarlo. El covid-19 nos ha descorporalizado y, por lo tanto, despolitizado. No solo por los que estamos cumpliendo la cuarentena obligatoria o voluntaria dentro de nuestras casas, pero porque la lucha política parece imposible sin la posibilidad de la calle. De un tiempo a esta parte, la política ya no pertenece a los grandes discursos que salen de un solo rostro, de una boca particular con palabras hoy transformadas en farándula y posverdad, sino que pertenece al cuerpo, que es una verdad que va más allá de toda ética, moral o discurso. Un cuerpo que estaba allí, inevitablemente, como hecho empírico, casi científico; lo único comprobable en tiempos de la posverdad. Las palabras, en cambio, pueden negarse, mientras que el cuerpo no y es allí donde reside su poder. Y no poder mostrarlo es perder poder. Es por eso que una nude en Instagram es, posiblemente, más poderosa que una selfie, venga de un cuerpo convencionalmente feo o convencionalmente bonito, es lo que es y no se puede evitar.En definitiva, si el rostro es a la prosa convencional y reglamentada, entonces el cuerpo es a la poesía anárquica y desnaturalizante. Rostro, papel, escritura v/s cuerpo, muro, rayado. El problema no es exactamente no poder estar en la calle, sino la imposibilidad de mostrar todos esos cuerpos juntos otra vez. No existe aún un medio digital que sea como una calle, donde todos nos juntemos de nuevo sin algoritmos de por medio midiéndonos o espiándonos, generando tautologías de intereses mutuos. ¿Cuáles son los nuevos mecanismos del cuerpo protestante en una pandemia? ¿Existe? ¿Sigue siendo importante? ¿O la pandemia logró arruinar lo que las mutilaciones y muertes por parte del Estado no pudieron? Es momento de armarnos de paciencia y esperar… o de crear la calle virtual para mostrar el cuerpo.

Ilustración de Cristóbal Cartes


Referencias

Han, Byung-Chul. “La emergencia viral y el mundo de mañana”, Sopa de Wuhan. 2020

Cristóbal es Licenciado en Letras Hispánicas de la UC y actor. Colecciona torsos masculinos en Flickr, es escritor y come huevo revuelto cada mañana.

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