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“La Paz no es el silencio de los fusiles”: El Testigo que nos pone frente a las heridas de Colombia

En medio de las montañas selváticas de Antioquia, al noroeste de Colombia, yace un ataúd cerrado sobre la tierra húmeda. La visibilidad de los clavos y el tipo de madera del ataúd revela su construcción improvisada. Al lado izquierdo un hombre está arrodillado en la tierra, apoya ambos codos sobre el ataúd y utiliza sus manos para esconder el sufrimiento de su rostro, que aún así logra colarse entre sus dedos.

Desearía que esta fuera la escena de una novela, una película o una obra de arte más que representa la dureza humana, sin embargo, es un retrato de Aniceto, una de las tantas personas que vivió el conflicto armado, que se extiende desde el 1960 hasta la actualidad, en la región de Antioquia. La fotografía fue tomada por el fotoperiodista colombiano Jesús Abad Colorado, cuyo trabajo se centra en la reivindicación de los derechos humanos y, más específicamente, en retratar la violencia que desató dicho conflicto. Durante el 1992 y 2018 Jesús viajó por los territorios más afectados por la violencia militar, pasando incluso por un aprisionamiento. Hoy comparte el ese trabajo fotográfico testimonial en la exposición permanente El Testigo, a cargo de la curadora María Belén Sáez de Ibarra. 

Fotografía tomada por Pilar V. Martínez de la Exposición El Testigo, del trabajo fotoperiodístico de Jesús Abad.

Fue en enero, mientras visitaba a un amigo en la ciudad de Bogotá, cuando me enteré de esta exposición por recomendación. Fui sin saber mucho más que se trataba del conflicto armado, sin embargo, habría agradecido tener un poco más de información para ir más preparada emocionalmente. 

La exposición se ubica en el Museo Claustro de San Augustin, que desde el 2006 pertenece a la Universidad Nacional de Colombia. Es parte del centro histórico de la ciudad y para llegar a él, hay que pasar por un cuadrante custodiado con rejas por militares. Luego de que me revisaran el bolso, logramos entrar mi amigo y yo, y vi que estaba justo al lado del palacio presidencial. Me perturbó la presencia militar de los alrededores, ya que como toda persona que conoce la historia y la relación de los pueblos latinoamericanos con las fuerzas militares, me hizo sentir insegura.  

Al subir las escaleras del museo, me encontré con el inicio de la exposición, que muestra una foto a gran tamaño de Rubilda Rubiano, pintada a cuerpo completo con el fruto de agua para honrar la memoria de su esposo Aquileo Mecheche. Aquileo era el líder de la comunidad Embera dobida y fue asesinado el 12 de abril de 2012 en Riosucio, Chocó. Al lado derecho de  la fotografía, aparece el comentario del fotógrafo: “No me dijeron ‘lo vamos a enterrar’, sino ‘lo vamos a sembrar’, lo regresaron al lugar donde está su ombligo, con una planta de borojó.” 

Fotografía tomada por Pilar V. Martínez de la Exposición El Testigo, del trabajo fotoperiodístico de Jesús Abad.

El impacto de la primera fotografía no fue nada comparado a lo que sentí cuando me encontré con el resto de imágenes y la historia que sujetan esos muros. Jesús, sin mostrar escenas grotescas de muerte y sin caer en el morbo que generan las escenas violentas, nos muestra lo que quedó de un pueblo despojado no solo de sus bienes, territorios y familias, sino que de su espíritu. Decenas de retratos de campesinos y civiles, quienes solo por habitar ese terreno en medio de la disputa, nos miran a la cara en estas imágenes y nos comunican esta masacre. 

En la primera sala, por ejemplo, el fotógrafo simplemente nos muestra un árbol, alrededor hay mucho verde y, en el suelo, tierra y unas cuantas piedras. Este lugar, que podría parecer una imagen de cualquier bosque, es Juan Frío en Villa del Rosario:

“En Villa del Rosario, Norte de Santander, encontré un árbol con una inscripción de los AUC [Autodefensas Unidades de Colombia]. En sus alrededores, había ropas y zapatos de campesinos a quienes los paramilitares, acusándolos de ser guerrilleros, torturaban y desmembraban. Sus cuerpos eran luego incinerados, para desaparecer cualquier evidencia, en unos hornos crematorios ubicados a pocos metros”.

Ese espacio, debajo de la sombra de un gran árbol y rodeado de frondosos arbustos, era uno de los crematorios. 

Fotografía tomada por Pilar V. Martínez de la Exposición El Testigo, del trabajo fotoperiodístico de Jesús Abad.

El Testigo nos muestra una historia no desde los bandos, sino que desde las víctimas y sobrevivientes del conflicto, que es justamente el relato que se ha dejado de lado en el discurso oficial. Las AUC, fue el mayor grupo de paramilitares y narcotraficantes de extrema derecha, financiados por empresarios y terratenientes, para acabar con las guerrillas insurgentes. Según las Naciones Unidas, este grupo fue también el causante del 80% de los asesinatos y torturas de civiles durante el conflicto. Con el tiempo, ha quedado más en evidencia de los acuerdos ocultos que existían entre las AUC, los militares, la clase dirigente y el gobierno del ex presidente Álvaro Uribe. 

Salvatore Mancuso, quien llegó a ser uno de los líderes máximos de las AUC y fue extraditado por narcotráfico en EE.UU, afirma que “Colombia no conoce la verdad porque no hubo ni existe interés político de que esto ocurriera ni ocurra, se rasgan las vestiduras exigiendo verdad, pero hipócritamente se impide la reconstrucción de la misma, se instrumentaliza la justicia como forma de venganza” (EFE Diario). 

Fotografía tomada por Pilar V. Martínez de la Exposición El Testigo, del trabajo fotoperiodístico de Jesús Abad.

Las AUC fueron los responsables de la que fue probablemente la matanza más grande del conflicto armado: La Masacre del Salado. La masacre, ocurrida entre el 16 y el 22 de febrero del 2000, dejó más de 200 víctimas, las que se enfrentaron a torturas, degollamientos, decapitaciones y violaciones, entre ellos ancianas/os y niñas/os. Con apoyo de los militares, las AUC usaban jaguares, perros pitbull y hasta llegaron a tener un león para echárselos a los que ellos creían ser colaboradores de la guerrilla. La violencia sexual fue también una de las consecuencias más cruentas del conflicto, ya que las mujeres no solo eran asesinadas, sino que también violadas y maltratadas de la peor manera como instrumento para humillar al enemigo o sembrar terror en la comunidad. En uno de los videos que incluye la exposición, vemos una serie de fotografías que muestra dibujos que el fotógrafo encontró en casas, escuelas y otros lugares donde estuvieron asentados los grupos armados y todos hacen referencia a la violencia sexual. En una de estas fotografías, vemos incluso el antebrazo de una mujer, en la que se ven las letras AUC hechas con cuchillo. 

Lamentablemente, no fueron solo las AUC y los militares los grupos que violentaron a las comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinos y civiles. La guerrilla, principalmente las Fuerzas Armadas Revolucionarios de Colombia (FARC) fue la principal responsable de una de las masacres que dejó más víctimas, muertes y despojos: La Masacre de Bojoyá, ocurrida el 2 de mayo de 2002. Producto de un enfrentamiento entre las FARC contra los paramilitares, estos lanzaron un cilindro bomba que dejó alrededor de 100 muertos y 98 heridos, incluyendo niños/as, campesinos/as y otros civiles. “El río Atrato se convirtió, como muchos de nuestros ríos, en una fosa común”, dice el texto que acompaña una fotografía de este río emblemático de Bojayá.

Bojayá, al igual que muchos de los principales pueblos afectados por este conflicto, era/es habitado por pueblos indígenas y afrodescendientes. Durante la colonización, personas de África fueron esclavizadas y traídas a las zonas mineras de Barbacoas, Quibdó, Nóvita, Tadó y Lloró, y en los afluentes del río Atrato, y los/las que lograron huir se asentaron en Bojayá. En otras palabras, esta comunidad afrodescendiente ha cargado con el trauma histórico de la esclavitud en las Américas, para luego en el año 2002 volver a enfrentar una matanza en las que sus vidas son percibidas como “desechables” en el marco del conflicto. 

Posterior a la apertura de la exposición se creó el documental El Testigo, inspirado en este trabajo fotográfico y que ahonda sobre la historias de algunas de las personas detrás de estas imágenes. En esta pieza, que lleva el mismo nombre que la exposición, vemos cómo un hombre y sobreviviente de esta masacre, canta la historia de Bojoyá: “esta guerra sin sentido / la paga el campesino… la muerte, tanto inocente/ que jamás se me olvidaron”.

Como imaginan, todavía no terminaba de recorrer toda la exposición y tuve que tomar un respiro en los pasillos de afuera de las salas para contener el llanto. Enfrentarse a esos ojos que en algunos casos te devuelven la mirada y en otros se cubren entre manos rasgadas fue duro. La exposición más difícil de recibir que he visto hasta ahora. Mientras me recomponía, leí el texto en los muros exteriores de la sala que manifestaron lo que también había pensado: la dictadura chilena. Encontrarse con ese tipo de violencia inhumana, que en algunos aspectos era aún más cruel que algunas dictaduras, y en pleno siglo XXI, es impensable. 261.619 víctimas dejó el conflicto armado, como se leía en los muros, y 214.584 eran civiles no relacionados a ningún grupo militar o guerrilla. Durante las dictaduras de Chile y Argentina, “hubo 35,8 y 30,2 desaparecidos por cada 100 mil habitantes, respectivamente, mientras en Colombia, con regímenes democráticos, hay 93,2 desaparecidos forzados para el mismo rango”. Cabe mencionar también, que son justamente los pueblos indígenas y afrodescendientes, aquellos que han sido más marginalizados y estigmátizados en el país, los que han sido los más afectados por dicho conflicto.  

Las 500 fotografías que nos presenta El Testigo en las cuatro salas del Claustro, narra la terrible historia de un pueblo despojado y horrorizado. En los muros se lee una pregunta en grande: “¿Ustedes qué harían si tuvieran un familiar desaparecido?”. Mientras esta apelación directa nos convoca poderosamente a ponernos en el lugar de las personas afectadas, yo me pregunto algo más: ¿dónde están las reparaciones para las miles de personas que perdieron a sus familias, sus casas, sus hijos/as, sus padres/madres, su dignidad y su espíritu? Si bien una de las salas resalta el Acuerdo de Paz firmado por las FARC y el gobierno colombiano entre 2012 y 2015, esto no es suficiente para calmar el sufrimiento de quienes han perdido todo en esta lucha armada. Aún no existen verdaderas reparaciones para las miles de personas violadas, violentadas, forzadas a migrar, o para las familias de los asesinados, los cuales en su mayoría pertenece a pueblos indígenas o afrodescendientes de Colombia, quienes históricamente han tenido que sobrellevar un estado colonial y neoliberal que tampoco ha asegurado su bienestar. 

“La Paz no es el silencio de los fusiles”, dice una de las personas sobrevivientes, en el documental que lleva el nombre de esta exposición. Efectivamente, diría, no es el silencio de los fusiles, sino las reparaciones a las víctimas y el asegurarles que algo así nunca más volverá a ocurrir.

«Exhumación de cuerpos. Yolombó, Antioquia, 1999». Fuente: https://www.aldianews.com/es/culture/patrimonio-e-historia/pulsaciones-del-alma

Aquí, el encuentro de dos hermanos
ante el silencio de la tierra


Referencias

El Testigo. Directed by Kate Horne, performance by Jesús Abad Colorado. Caracol Televisión, 2008. Netflix, https://www.netflix.com/title/81130373 

Pilar es poeta, investigadora, profesora y feminista. Es editora y una de las fundadoras de Zánganos. Goza de tomar té, moverse en bicicleta, ver animé y tomar fotografías.

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