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El amor en tiempos de coronavirus

¿Qué limita la prosperidad en una relación amorosa? ¿Infidelidad? ¿Problemas de dinero? ¿Distancia? ¿O acaso es una pantalla que emite luz ficticia, acompañándonos día y noche? En tiempos de coronavirus, para aquellos desdichados (¿o afortunados?) que no convivimos con nuestros amantes, el anhelo por la cercanía corporal, los abrazos, besos cariñosos en las mejillas, la espalda y los labios, parecieran ser actos irreproducibles en nuestros celulares o computadores y, aun así, les entregamos ingenuamente una pretensión de realidad. Afectos como la pasión, el deseo, la dicha de las risas e incluso los pleitos, fingen ser posibles de imitar por medio de un “escribiendo” en WhatsApp o Instagram y, de este modo, cuando nos vemos escribiendo “te extraño”, “te amo” y ¿Cómo te has sentido?” revivimos un placer yacido en nuestras memorias y creemos que es una forma de mantener la llama de la pasión y que, probablemente, al enviar o recibir un “besos y abrazos”, estemos reproduciendo el afecto que sentimos, cuya intensidad pareciera ir aumentando en proporción a la cuarentena.

Por supuesto, se agradece la comunicación; pero dejemos de fingir que no nos duele ese algo que nos falta. El amor en tiempos de coronavirus ha sido beneficioso para nuestra relación con nosotros mismos y nuestras redes, por supuesto, pero existe una sensación de vacío que nos acompaña de cerca a través de las pantallas. Por medio de esos brillantes “le ha gustado tu publicación” y esos esperanzadores “ha respondido tu historia”, se esconde otre sujete que, seamos honestes, posiblemente muere de ansiedad e inseguridad ante este aparente desolado mundo, donde el añorado romance a la antigua pareciera revivir en mensajes de un amor virtual. Mientras, suspiramos y observamos el oscuro cielo a través de nuestra ventana, pensando en aquella persona (o aquellas personas), resguardando nuestros anhelos de cariños en la espera de un nuevo encuentro.

Pese a que muchas veces logramos reconocer que esta virtualidad es irreal, de todos modos, las parejas lo convertimos en un medio placebo para nuestros deseos, dando como resultado una exuberante reproducción de audios, videollamadas, sexo por teléfono, sexo por WhatsApp, (porque al parecer el sonido de nuestras voces es un factor importante en las distancias). Sexo en base a memorias en el ritmo de nuestras propias manos y dedos, el uso de los polerones que obviamente no devolveremos, así como las poleras y los pijamas. Recreando de este modo un ambiente de pretendido romance, en el que observamos fotografías antiguas que posteriormente publicamos en nuestras redes mientras escuchamos música que nos recuerde a esa persona, en espera de que nos responda con un “like” y si tenemos suerte, con un mensaje. En mi caso, Lo que tu quieras del dúo chileno Denver, no ha parado de sonar. 

Viviéramos en otro siglo, probablemente esperaríamos más para saber de esa estimada persona, meses o incluso años en el que una carta nos fuera entregada y nuestros sentidos se paralizaran ante esas letras puño en mano. Estimades, en ese caso, sí, somos unos malditos afortunados, pero aun así déjenme decirles que también nos hemos vuelto unos infelices cuyos corazones se detienen si el celular suena o vibra, porque en paralelo a la angustia por ausencia corporal, hemos aprendido, incluso antes del coronavirus, a ser unos desdichados que se conforman con las notificaciones de comentó tu foto, respondió tu historia, el maravilloso audio o el te mencionó en una foto-meme y ahí, sonreímos y nos reímos porque yacemos en la espera de un reencuentro, que espero, de todo corazón, se logre. Entonces, dejo esta pregunta para cerrar: ¿acaso el coronavirus es el real límite de las relaciones millenials o en realidad nos hemos acostumbrado a esta individualidad y al compartir solo en momentos precisos, porque ya el otro extremo es ser tachado de toxique, aburride o casade? 

Probablemente, si en algún momento logramos que los computadores, celulares y smartv reproduzcan el calor corporal y los fuertes latidos del corazón, sea ese el día en que sepamos estar aislados sin angustiarnos y ya no nos extrañemos. Aun así, ¿acaso seguiríamos siendo humanos si ya no pudiéramos disfrutar el suave placer de los gemidos y la alegría de acariciar su cabello mientras te mira una persona y no una pantalla? Entonces, ¿es el coronavirus el enemigo de las relaciones o hemos sido nosotres mismes todo este tiempo, tan acostumbrades a la virtualidad e individualidad?

 

Ilustración de agathesorlet

 

Francisca Vargas es Licenciada en Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Alberto Hurtado. En el último tiempo se ha dedicado a investigar representaciones culturales existentes en programas de televisión y muestras cinematográficas de Latinoamérica durante el siglo XX.

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