Input your search keywords and press Enter.

Entrevista a Daniela Catrileo: “Aún existe una visión colonial hacia nuestro pueblo”

Daniela Catrileo es una escritora chilena y mapuche, o como tal vez ella preferiría: champurria. Lleva varios años escribiendo y compartiendo su telar compuesto de versos, a través de trabajos individuales y colectivos. Su primer trabajo personal fue la publicación de su poemario Río herido, el cual obtuvo un gran recibimiento por parte de sus lectores/as. Ahora, la poeta y profesora de Filosofía, está a vísperas de lanzar su segundo libro titulado Guerra florida.

En esta entrevista, Daniela nos cuenta sobre su experiencia con la literatura y más específicamente con la escritura o el witral (tejido), como la llamaría ella. La literatura, nos dice, “debiese ir por construir un tejido extenso mucho más complejo y reflexivo. Dislocar una maquinaria de egos e idolatrías personales y apostar por lo común.” En este sentido, este arte se convierte en un todo relacionado donde muchos aspectos de su personalidad y del mundo que la rodea intersectan.

Daniela se encuentra lejos de ser sólo mapuche, feminista, champurria o warriache, pues es todas a las veces y al mismo tiempo, cada una por sí sola. Es el río que aúna estas identidades y que hace llegar su caudal hacia nosotras/os. Por esto, quisimos saber más sobre esta gran poeta, quien está forjando su camino cada vez más claro y fluido.

1. ¿Cómo surgió este interés tuyo en la poesía, la literatura y/o la escritura en general ¿Hubo algún momento específico que te instó a escribir o fue progresivo?

Desde muy pequeña quise ser escritora. No sé muy bien cómo, pienso que fue una especie de pulsión que fue apareciendo. De cierta forma, lo he ido relacionando al encantamiento que tuve con la lectura, porque apenas aprendí a leer no me detuve. También lo he conectado con mis regalos de cumpleaños, siempre me regalaban “diarios de vida”, entonces me sentía obligada a escribir cualquier cosa. En mi casa no había grandes bibliotecas, con suerte estaban los libros que teníamos que leer para el colegio. En ese sentido, mi historia no es muy diferente a la de cualquier niña que crece en una población donde la literatura es muy escasa, leía lo que podía, sobre todo los suplementos del diario, los diccionarios y la revolucionaria ‘Encarta’. Por eso, quizás me arrojé a la escritura, a falta de libros. Uno de los instantes más significativos en esa etapa escritural, fue inscribirme en un taller literario en el colegio al que asistía. Ahí tuve mi primer seudónimo y publiqué mis primeros poemas en los diarios murales. Mi familia se dio cuenta de ello, y a pesar de las precariedades me regalaron mi primera máquina de escribir. Entonces, a los nueve años ya me sentía muy escritora.

2. ¿Cómo fue crecer e insertarte en este ‘mundo literario’, siendo mujer, mapuche y viviendo en la ciudad? Esto porque muchas veces este círculo literario puede ser muy cerrado para algunas/os

No sé si existe ese ‘mundo o círculo literario’, a veces pienso que es una especie de ficción que crean algunos para hacer ruido, sobre todo en Santiago. Lo que sí existe son posiciones de privilegios o relaciones de poder, desde donde se protegen o promocionan ciertos nombres. Lo que da lugar para que se generen espacios muy zalameros con ciertos personajes y donde no hay  posibilidad para la diferencia ni la crítica. Hay muchos pensando que aún existe algo así como la fama en la literatura, cuestión que me causa risa y vergüenza ajena. Aunque también ocurre lo inverso, acciones que parecen muy genuinas pero con cierta ingenuidad que no interrumpe absolutamente nada. De todas maneras, son mundos que no me interesan. De algún modo, pienso que el potencial transformador de la literatura debiese ir por construir un tejido extenso mucho más complejo y reflexivo. Dislocar una maquinaria de egos e idolatrías personales y apostar por lo común. Hay que interrumpir el hábito de comodidad y conformidad, que se reiteran en múltiples espacios, no sólo en la literatura. Vivimos en un país que ha fortalecido una forma de vida individual, de competencias, y espectacularidad. Cuestión que coincidentemente es sumamente machista. Y eso, honestamente no me importa. Prefiero seguir trabajando, articulando redes, escribiendo, leyendo. Al final, el paisaje literario también lo hacemos y recuperamos otras, no sólo la institucionalidad o los grupos que ejercen poder desde sus privilegios.

Lo que me interesa es la fractura, la herida. Ahondar en la escucha, en la contaminación de los lenguajes para su existencia. La escritura para mí, va enlazada a una decisión política, contar la otra historia: la desperdigada, la silenciada.  No sólo soy mapuche, también soy champurria, warriache. Habito y deshabito la ciudad, escribo desde ese viaje, desde esa interrupción.

3. ¿Cómo dirías que influye la cosmovisión mapuche en tu poesía/literatura? ¿Qué es lo que te inspira y cuáles dirías que son los ejes en los que generalmente te mueves a la hora de escribir?

En mi escritura intento reflejar una pérdida más que una identidad fija. Un moverse a tientas, sin blindaje, digamos. Me interesa problematizar algunas categorías que se dan como certezas. Sin embargo, también intento crear una posibilidad de recuperación. Creo que debo ser responsable con mis procesos  y en ese sentido, mi compromiso político es no aprovecharme de una lucha que se está dando en otros espacios, porque hay hartos lamngen que están dando la pelea por recuperar la cosmovisión. Yo estoy intentando balbucear, apenas, para encontrar una voz. Para posibilitar la existencia de nuestras voces, de nuestras escrituras como germen de la memoria. Contra el olvido, contra la violencia colonial permanente. Desde ahí sí puedo esbozar la visibilización por la reivindicación. No creo que exista un modo único de movilizarse por el pueblo mapuche. Lo que me interesa es la fractura, la herida. Ahondar en la escucha, en la contaminación de los lenguajes para su existencia. La escritura para mí, va enlazada a una decisión política, contar la otra historia: la desperdigada, la silenciada.  No sólo soy mapuche, también soy champurria, warriache. Habito y deshabito la ciudad, escribo desde ese viaje, desde esa interrupción.

 

 

4. En relación a tu proceso de escritura mismo, ¿qué significa o cómo definirías el acto de escribir? ¿Tienes alguna rutina, ritual o patrón que sigues a la hora de sentarte a escribir?

Concibo la escritura como una invocación de múltiples voces, donde el trance permite que se pierda la propiedad. Un lugar donde no sabemos qué es lo que va a acontecer o que se va a perder en nuestros pensamientos. Me fascina que pueda ir tomando infinitas formas, un espacio sin dueño, una especie de conjuro. Ese ejercicio es potencialmente composición y encuentro, donde brotan otras voces, tanto internas como externas.

Siempre digo también que la escritura es como un witral, un telar. Porque la inscripción de ella es como una urdimbre de texturas y huellas. Algo de nuestras subjetividades y experiencias van quedando aferradas a esas hebras, a esa memoria colectiva. Creo que el trabajo de la escritura, al menos para mí, está entre el tejido y el espiritismo, pero no de forma sublime, sino cotidiana, como quién ejercita su oficio día a día.  Y con respecto a mis rutinas, son muy caóticas y lamentablemente dependen del tiempo. Suelo ser muy lenta en todo y eso se nota demasiado en la inmediatez en que vivimos. Escribo siempre en libretas cuando se me ocurre algo, cuando recuerdo un pewma importante o veo una imagen interesante. Aunque el escenario ideal es mi casa, escribir acompañada de mate o café, escuchando música, entre medio regar las plantas, barrer, cocinar, leer, darle comida a la gata.

5. Si bien la poesía mapuche recién en los noventa comenzó a hacer más ruido en Chile, ¿cuánto crees que ha cambiado la apertura a esta literatura? ¿Cómo ves la evolución del arte mapuche y su recepción en general?

Creo que hay mayor reconocimiento, sin embargo, lo que me parece problemático es cuando se genera una inclusión cultural pero al mismo tiempo una exclusión sociopolítica. Ese es una de las ambigüedades de la llamada “interculturalidad”. Les importamos en wiñol tripantu pero ¿dónde están cuándo tienen que movilizarse para apañar una lucha, contra un sistema colonial que aún nos sigue matando y encarcelando? Además, me cuesta pensar en la etiqueta sin sospechar quienes son los que realmente se llevan esas ganancias. No porque no exista lo mapuche como forma de vida y experiencia, sino por el aprovechamiento que puede generarse desde diversos lugares para mantener una universalización o caricaturización de lo indígena. Aún existe una visión colonial hacia nuestro pueblo, a veces pareciéramos que exageramos pero lo puedo ejemplificar. De algún modo seguimos siendo “objetos de estudio” o “cuotas de culpa”. Por un lado nos fetichizan y por otro se generan las discriminaciones positivas, pero ¿dónde están nuestras voces? No sólo hay extractivismo y usurpación de tierras sino que también existe el extractivismo epistemológico que llena: papers, fondecyt, tesis, etc.

Digo esto porque la máquina civilizatoria se sigue moviendo con estrategias coloniales, tanto en el mercado artístico como en la academia neoliberal. Espacios que mantienen una homogeneización que favorece a la imagen folcklorizada. Con esto no digo que esté en contra de un interés honesto en nuestros procesos. No obstante, creo que  el esfuerzo debiese estar en escuchar y permitir que la voz provenga desde los cuerpos que han sido silenciados y anulados. Creo que si se va a ahondar en los procesos de lo mapuche, se debe ser muy respetuoso de una herida que está abierta y latente. Generar una narración múltiple que no se circunscriba a un dispositivo higiénico de lo que somos o hacemos. Formamos parte de un pueblo heterogéneo, hemos ido cultivando disidencias, culturas, resignificaciones. Hemos podido reflexionar con respecto a lo que somos, la mapuchada se está activando hace rato. Somos un montón y estamos brotando desde todos lados. Muchos que nos antecedieron no pudieron tener esa oportunidad, pero lucharon para que hoy estemos en ello.

 

 

6. Ahora en relación al feminismo, ¿cómo ves el panorama en relación a un posible desarrollo de un “feminismo mapuche”? ¿Es posible y en qué medida? ¿Dónde se estaría desarrollando específicamente?

Bueno, como dices en tu pregunta, es una posibilidad. Sin embargo voy a ser muy clara en decir que no existe un movimiento mapuche feminista. Existimos sujetas o colectividades que somos mapuche y somos feministas, pero eso no significa que sea un movimiento. Sobre todo porque muchas nos sentimos llamadas a feminismos que ya llevan años de experiencia en los márgenes, en mi caso al menos, me siento convocada hacia una mirada decolonial. De hecho, participo en  [Rangiñtulewfü], un colectivo Mapuche Feminista que nació en la warria, y desde ahí se ha posicionado, desde la diáspora, desde lo champurria. Cuestionándose las mismas dudas que expones. Teníamos la urgencia de convocarnos, reunirnos. Buscar un diálogo común. De algún modo, nos unimos porque desde nuestras individualidades, nos fuimos encontrando con ciertos feminismos que se replicaban en Chile, desde una visión muy occidentalizada. Sin hacer la reflexión territorial, racial y política de las problemáticas del lugar y los cuerpos que habitamos.

Es extraño seguir hablando con los rótulos de igualdad o libertad, en un territorio mayoritariamente empobrecido por un sistema económico depredador, donde se sigue persiguiendo y asesinando por defender una forma de vida. Bajo esas ideas se sigue reproduciendo una razón civilizatoria, que impone binarismos y la idea de progreso, emborronando nuestros pasados: indígenas, callejeros, migrantes, champurria.

Creo que lo más importante en este momento para conformar un pensamiento decolonial es reconocer que nuestra lucha política es contra una matriz colonial y neoliberal, que hoy se levanta en las figuras como: la ley antiterrorista, el extractivismo, el racismo, los asesinatos, la militarización, etc.

También hay muchas mujeres y organizaciones mapuche que rechazan el feminismo, entendiéndolo como algo winka, extranjero. Sin embargo, es también porque hay lógicas y dispositivos que se han plegado hacia los territorios desde una función colonial,  universalizando y aniquilando otros saberes. Y el feminismo blanco, sigue intentando “salvarnos” a partir de estas acciones, re-victimizándonos. Creo que lo más importante en este momento para conformar un pensamiento decolonial es reconocer que nuestra lucha política es contra una matriz colonial y neoliberal, que hoy se levanta en las figuras como: la ley antiterrorista, el extractivismo, el racismo, los asesinatos, la militarización, etc.

7. ¿Cuál sería el rol o cómo influye este feminismo en tu escritura?

No sé si tenga un rol, pues siento que hay una multiplicidad de ecos y pensamientos que la atraviesan. Puede que sea influyente en el sentido de formar parte de mi experiencia, y desde ahí visibilizar y cobijar ciertas intersecciones o reivindicaciones que se han incrustado en lo cercano. Y en eso no sólo el feminismo es influyente, sino también dónde nací, mis memorias familiares, la filosofía, el cine, la poesía, etc. De todas formas, no podría separar las cuestiones que me son interesantes de articular. Por eso lo veo como un tejido, donde todo puede entrar a contaminar, a desfigurar el orden y el sentido. Siento que hago un ejercicio similar al collage. Voy recogiendo, recolectando los materiales para armar mis monstruos. Intento construir una estancia con infinitos matices. No controlo todo lo que va a salir de mi escritura.

8. Ahora, ¿cómo ves el panorama de la poesía joven en general, en relación a las generaciones anteriores? ¿Qué crees que es lo nuevo que las nuevas generaciones están entregando que tal vez antes no había antes?

Me cae bien la gente que asume riesgos más allá de una generación, creo que estamos en un momento en que ciertos límites, se desdibujan. Por eso, pienso que es aún muy conservador hacer ese ejercicio de clasificación de lo joven o lo viejo. Asumo que es el juego que hacen las instituciones, un orden estructural para clasificarnos. Al menos yo, no puedo hablar de una generación, no me corresponde, tampoco me concierne. Prefiero el caos que está por fin despertando de la comodidad de algunos. Siento que hay que seguir trabajando, ser rigurosos en ese arrojo. Intentar tener la valentía de escuchar y leer. Hacer cosas más allá de la literatura individual. Hacer la reflexión sobre los otros, es más radical que encerrarse en lo propio. No creerse el sobajeo de hombro, afinar el ojo con honestidad, no comprar la idealización de las “figuras sagradas”. De todos modos, hago el esfuerzo por leer harta poesía. Intento estar atenta a  lo que va saliendo. Tengo algunas preferencias, leo más mujeres, más disidencia, más hibridez. No soy muy fanática de la repetición de los roles hegemónicos de la literatura. Qué lata leer a los mismos de siempre, a los que se siguen leyendo entre ellos, publicando entre ellos, a los que se han asegurado toda la vida. No estoy muy segura si eso vaya a cambiar, pero al menos hay que trabajar para que otros espacios, otras voces sean posibles.

9. ¿Cuáles son tus próximos proyectos, en todos los ámbitos?

Estoy preparando dos talleres literarios desde la recuperación de voces mapuche, uno es de creación y el otro es más de lectura. También terminando trabajos escriturales individuales y colectivos. Este año se concretizan varios asuntos que llevo años trabajando desde la poesía sale Guerra Florida, pero también saldrá algo más cercano a la narrativa y otro proyecto de “Crónicas champurria” con Ange Valderrama Cayuman. Debiese terminar pronto un ensayo que preparo de la escritura de Elvira Hernández para la Editorial Virus. Sigo colaborando permanentemente en medios de comunicación ligados a la crítica y la cultura. Tengo unos proyectos audiovisuales con intervenciones y acciones que han ido naciendo de la necesidad de convocar el cuerpo de forma más experimental. Mantengo mi trabajo con el colectivo [Rangiñtulewfü] donde se vienen porvenires muy bellos junto a mis lamngen. Y en el segundo semestre viajaré a Ecuador a un congreso de intelectuales indígenas, donde me toca habitar el entre literario-filosófico. Hay un montón de cosas más pero mejor que descansen en la sorpresa.

 

Revisa aquí uno de los fragmentos inéditos de su próximo poemario, Guerra florida.

Pilar es escritora, profesora de lengua y activista del movimiento de mujeres del sur global. Escribe sobre luchas sociales en América Latina, para medios de comunicación nacionales e internacionales. Además, es la editora general y una de las fundadoras de Zánganos.

You Might Also Like

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *