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A construir una re-pública del teatro

¿A qué tenemos derecho encerradas en nuestras casas? ¿En qué nos convertimos cuando dejamos de ser seres públicas por una pandemia mundial que nos obliga a permanecer privadas? ¿Privadas de qué? Comencé a hacerme estas preguntas encuarentenada en mi casa luego de conocer la plataforma digital Teatroamil.tv, lugar virtual que tiene como objetivo central “compartir con el público el invaluable archivo audiovisual sobre artes escénicas que la organización ha recopilado durante años”. Si bien esta es una iniciativa que comenzó el 2017, yo, una recurrente asistente a los teatros capitalinos, recién la conocí ahora que los teatros están cerrados y que la actividad teatral resulta peligrosa para la salud. 

Qué contenta me puse cuando vi que muchas de mis obras favoritas estaban disponibles en esta plataforma para ver desde mi encierro. Qué alegría al ver que muchas de las obras que me perdí en años pasados estaban ahí como en un Netflix teatral que podía complementar con clases magistrales, documentales, entrevistas y series. Incluso, algunas de las clases que he visto me han permitido entender un poco más lo que subyace a obras que alguna vez disfruté en vivo. Y claro, no la conocí antes porque no tuve la necesidad. ¡Cómo teniendo disponible la obra en un teatro voy a preferirla en una pantalla! Esa no es experiencia teatral, la fugacidad que no puedo retroceder, el contacto con actores y actrices que no puedo sostener si me alejo demasiado, los olores, la espectadora que se sentó a mi lado, el comentario con las amigas al salir. Que increíble experiencia. Qué privilegio, ¿no?

Hoy que estamos todas en la misma situación, nos vemos privadas de movernos libremente, de desplazarnos, de reunirnos y de tocarnos. Un virus no distingue entre ricas y pobres, pero sí las diferencia su lugar de encierro (si es que siquiera tienen la oportunidad de estar en cuarentena), la mantención de su trabajo y acceso a la salud. Nada distinto a las diferencias de siempre. En este contexto, una de las pocas cosas que nos igualan es que no podemos salir y no podemos reunirnos. No podemos ir al teatro, por ejemplo. Antes, sin embargo, la mayoría tampoco podía. Así como el acceso a educación y salud de calidad en Chile es un privilegio, también lo es el acceso al teatro, a las artes y a la actividad cultural en general. Lo es, por cierto, ya que en Chile la cultura es un bien de consumo y, por ningún motivo —ni dios lo quiera—, un derecho.

Justificar la existencia del arte en una sociedad capitalista implica necesariamente darle un valor como bien, una utilidad práctica para la economía. Desde esta perspectiva, el teatro tiene muy pocas posibilidades de justificarse a sí mismo. Veamos. Es una fuente de trabajo, pero para qué sirve ese trabajo. Entretiene, educa, entrega un mensaje, critica. Para el sistema, entonces, es un bien similar a un televisor, a la asistencia a un museo o la misma educación. Como industria corresponde a la de la entretención y el relajo. Como los bares y los cines, los teatros han dejado de funcionar y sus trabajadoras, de trabajar. Y como bien de consumo, no puede ser accesible para todas porque su baja utilidad (y utilidades) no le entrega el estatus de bien de primera necesidad, término que hemos escuchado tanto en estos días. Será por todo esto que, con pandemia o sin pandemia, la labor teatral es una de las actividades más precarias que se puede perseguir. Por esto el teatro es caro y exclusivo, lejano y opaco para muchas. Es privado y ya, a estas alturas, es un privilegio. 

Transmisión online de “Estado Vegetal” en teatroamil.tv

No es mi intención hablar de la experiencia de ver teatro en streaming. No quiero hablar de lo diferente que puede ser poder pausar, poder retroceder, ver obras desde distintos ángulos, no sólo desde lo que me permite mi asiento. Mi propósito es tratar de entender qué significa en este contexto que Teatroamil.tv exista. Obras como “El año en que nací”, “Estado vegetal”, “Escuela”, “Tú amarás”, me han entregado tanto en el simple goce de conversar con sus textos, sus actuaciones, sus propuestas estéticas, sus sonidos y sus finales. Pensé que todas deberían poder ver estas obras y conmoverse como yo con su genialidad. Pensé que estos momentos debiesen ser públicos para que sus asistentes sean realmente “el público” y no quienes siempre nos repetimos la aparición en los teatros de Bellavista y la Plaza Ñuñoa. ¿Qué es “el público”, entonces? ¿Cómo le llamamos “público” a aquello que es tan minoritario y privilegiado? ¿No es más público en ese caso el teatro gratuito en streaming? Hoy, cuando nadie puede ir al teatro, el streaming permite que muchas más personas accedan a él de manera gratuita, como siempre debió ser. Entiéndase esto como un primer paso, que a la vez excluye a quienes no pueden acceder a internet, sobre todo hoy. Pero como gesto, al menos, construye democracia (porque sí creo que el arte le da poder al pueblo) y república (haciendo pública la cosa teatral) y dejando que quienes puedan pagar, lo hagan. 

Pero, ¿qué pasará cuando salgamos todas de nuevo al espacio público, cuando volvamos a ser públicas? Nuevamente tendrán acceso al arte aquellas que pueden pagarlo. Nuevamente “el público” de la sala será aquel que siempre ha sido y las demás, privadas de la posibilidad, no irán al teatro, ni lo verán en streaming porque no son parte del juego. Como siempre, las actrices y los actores dependerán de fondos y concursos para crear y para comer, así como hoy piden un aporte voluntario a través del internet. Y dependerán del público, eso que desapareció con la cuarentena, esa gente que circulaba por toda la ciudad libremente y que será sólo representado por aquellos que van siempre. Democracia representativa. La división de los poderes del sistema republicano. 
En Chile, la gente ha estado siempre privada del arte, privada de la estética, privada de reunirse en torno a la experiencia artística y de ser artista. No es un bien de primera necesidad y no da para comer. El artista es quien puede mantenerse por otros medios y su público es el que puede darse el lujo de comprar arte. Sólo lo público nos iguala, lo que es “para todas”. La educación, la salud, los espacios. Y ya conocemos la calidad de los bienes públicos. Ahora imaginen un arte público como un liceo, como un hospital, como una plaza en Chile. Existe, es precario, callejero y alejado del auspicio del Estado. Teatroamil.tv está abriendo lo que ha sido privado hasta ahora. Lo celebramos, lo justificamos, lo aprovecharemos mientras dure su democracia. Pero nunca aspiremos a que la escuela privada sea el modelo de educación para todas, incluso aunque pudiéramos verla por streaming. Mejoremos la escuela pública, hagámosla digna. No busquemos que el derecho al arte y la dignidad de su ejercicio sea para algunas. Hoy más que nunca, cuando hemos conocido la hostilidad del espacio público en pandemia, construyamos una república del teatro, que la cosa de todas sean las artes y que no se traduzca sólo en experiencia individual para el alma, sino que sea experiencia compartida cuando podamos vernos más allá de las pantallas.

Profesora de historia, periodista amateur y murguera. Estudiante de magister en educación y de danzas de la india.

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