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Lanzamiento y presentación: ‘Yerbas de sangre’ de Pilar V. Martinez

El pasado jueves 22 de agosto, se realizó el lanzamiento del libro de poemas Yerbas de Sangre de la escritora, editora y profesora Pilar V. Martínez (Santiago 1991). El libro fue editado por la Editorial La Calabaza del Diablo y se lanzó en la Galería de arte Aquí en Barrio Bellavista. A cargo de la presentación estuvieron Leticia Contreras, feminista, profesora y doctoranda de literatura de la Universidad Católica y la poeta y editora Luz María Astudillo. El evento fue registrado por la fotógrafa y estudiante de Audiovisual Amanda Tapia.

A continuación, les dejamos un poco de lo que se vivió ese día, por medio del registro de Amanda Tapia y la presentación de Leticia Contreras:

 

Yerbas de sangre o el repertorio poético de los “adefesios(as) del deseo”

 

“Dafne adolece/ transita las calles de la Alameda” (Yerbas de sangre 13)

Si la literatura constituye un filtro de los acontecimientos político-histórico y éstos han sufrido una serie de fluctuaciones a lo largo de los siglos, las expresiones literarias también encarnaran esos cambios y el poemario que hoy nos convoca, Yerbas de Sangre (2019), despliega una máquina de producción enunciativa nutrida de entramados culturales en conflicto, los cuales transitan en una serie de imágenes poéticas urbanas que albergan voces que fisuran el espesor identitario latinoamericano, en un movimiento de convergencia y divergencia. En esta oportunidad, trataré de comentar y compartir con ustedes algunas de las imágenes que articulan el repertorio estético dispuesto por Pilar, pero insisto: es una revisión parcial y arbitraria, ya que una de las proposiciones de este trabajo poético es la presencia de un lector o una lectora cómplice que delinee su camino de acceso y el subsecuente itinerario de lectura.

Al comenzar la lectura del poemario, advertí una primera emergencia de restitución genealógica contenida en la dedicatoria, escribe la poeta: “dedicado a mi bisabuela Blanca Díaz y mi madre Fabiola Martínez” y la firma de Yerbas de sangre corresponde a Pilar V.Martínez. Dichos elementos para-textuales plantean una filiación con la biblioteca materno/ancestral que se verificará con el primer y ulterior poema. La obertura poética signada por el número 1 mostrará a un niñ(e) y en el epílogo, número 27,  la abuela, con su memoria sincrética vaticina que “todo va a estar bien”, ante esa idea solamente me resta dudar. Podemos afirmar que en este proyecto escritural comparecen las subjetividades dislocadas de los principios homogeneizadores y a través de la (re)construcción de una voz femenino/feminista que en un tono testimonial denuncia el actual estado de miseria experimentado por: mujeres, migrantes, indígenas, lesbianas, transgéneros, transexuales, niñes, homosexuales, entre otros; exponiendo así la memoria del dolor y el amor, finalmente la política afectiva de las comunidades. Estas subjetividades nómades dan cuenta de los efectos nocivos del liberalismo, pero, también generan fluctuaciones de sentido en las representaciones de clase y género del espacio citadino. Interpela la poeta: “Escribimos/ las raíces de las avenidas/sus orificios performáticos” (20).

La estampa del poema número 3 revela con fuerza el debate crítico sobre la desnaturalización de conceptos, tales como: la masculinidad, feminidad y particularmente la sistematización de la subalternidad genérica. Leemos allí: “Las reinas ocultan sus uñas pintadas/cuidan su caminar. Las reinas son raras/ “erís hombre”/les gritan a las reinas. /Las reinas gritan de dolor/dolor por manos con sangre. Les rajaron la cabeza/un tajo de cuatro centímetros/ la soncoya mide cuatro centímetros” (11).  Las reinas desmantelan la reglamentación binaria de la sexualidad, irrumpen en la disco, en la pobla y en la hegemonía heterosexual; ejecutando transformaciones y desplazamientos que desbordan los límites trazados por el sistema patriarcal.

En estos poemas la voz poética se posiciona en un lugar de idealidad vinculado a una naturaleza creadora, sin embargo, de forma simultánea articula desplazamientos que tocan zonas diseminadoras del lenguaje, conduciendo toda referencialidad hacia un descentramiento potencialmente ilimitado. Este movimiento permanente forma oscilaciones de identidades que se abren a la resignificación y recontextualización, echando por tierra la existencia de identidades esencialistas o naturalizadas. Por ejemplo, se invoca la presencia de la tradición herbal como una episteme legítima y necesariamente urgente en los tiempos que corren: “Se diluye la lengua, la machi/ por inanición del suelo. / Melisa está en el suelo/ melisa para el estrés/ paico para el empacho /romerito para sanar” (19).

Todos estos elementos se conjugan para organizar el mundo representado, compuesto por referentes inmediatos inspirados en contextos de marginación social, con el fin de interrogar a un sistema de valores culturales cimentado en oposiciones, tales como: virgen/ramera, blanco/no-blanco, colonizador/colonizado, apariencia/ser, femenino/masculino, arriba/abajo, etc., provocando desplazamientos, multiplicando asociaciones y complejizando oscuras jerarquías flagelantes. Dicho de otra manera, Pilar V. Martínez produce intersticios en la lógica binaria y desarticula un imaginario simbólico esencialista, instala en su discurso poético las voces heterogéneas históricamente invisibilizadas por la cultura oficial; los límites trazados se difuminan transmitiendo la inconsistencia de este rígido sistema de representaciones dicotómicas dando paso a subjetividades descartadas por nuestra cultura, entre las que destaca la figura del migrante, o mejor dicho, la condición de migrante funciona como un locus enunciativo que constituye una tribuna pública que encarna un sujeto disgregado, difuso y heterogéneo. Leo en Yerbas de Sangre: “El tiempo de la capital/peruanos en la catedral/ mujeres haitianas en el funeral. /La faena no es natural/ los humanos tampoco. /Joane en Plaza de Armas/ Joane en un cajón.” (22).

Las reivindicaciones feministas aquí se hacen eco yla relación entre deseo e identidad no es excluyente uno del otro ni tampoco unívoca. Esto se manifiesta en que no necesariamente se identifica la voz poética exclusivamente con un género o que el deseo se orienta hacia un género u otro; a veces se dirige a ambos sexos, como en el caso de la retórica mariana del poema número 19: “sol te salve María/ llena eres de gozos palpables/ cuando él o ella están contigo. Elocuente eres como todas las mujeres/ el fruto no es el vientre, sino el deleite” (30). La figura de la virgen ha sido históricamente concebida con un cuerpo de mujer, delineado con la función de una madre desexualizada, obediente y silente. En cambio, en este texto se instala la voz de un cuerpo femenino ávido de erotismo, con un discurso propio e intelectualizado, además de una maternidad obliterada.  Por esta razón, puede que no se acceda de forma definitiva a la feminidad o masculinidad, permitiendo distribuir, encarnar, combinar y resignificar de manera compleja e inclusive contradictoria el deseo y la identidad de un o una sujeto.

Como corolario, puedo señalar que Yerbas de sangre elabora una experiencia del lenguaje en clave intersubjetiva abriendo los poemas en su naturaleza dialógica y convocando a sujetos pluralizados en la escritura, generando entre ellos y los lectores un vínculo de solidaridad histórica.

 

 

 

Leticia es Profesora de Estado en Castellano (USACH), actualmente está terminando un Doctorado en Literatura (PUC) con una tesis sobre escritoras de los años 50 en el Cono Sur. Además, participa en el colectivo feminista Quimera.

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