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La mujer según la educación de Pinochet

Aún persisten en nuestro sistema educacional aquellos establecimientos que solamente albergan en sus aulas a niñas o a niños y se alzan como una suerte de bastión decimonónico que nos recuerda los albores del proceso post-independentista, vale decir, el momento inaugural donde el Estado además de contemplar a la educación como una de sus grandes preocupaciones; instrumentalizó los discursos pedagógicos en función de sus intereses políticos.

En el caso particular de las mujeres, el fenómeno de ingreso a la escuela perseguía como principal objetivo entregar herramientas idóneas para el apropiado cuidado del hogar y la familia, ya que en las matronas de la nación recaía la formación de los futuros ciudadanos, por lo tanto, para el engrandecimiento de la nación resultaba imperante contar con madres bien capacitadas en la dirección y ejecución de las actividades domésticas. Sin embargo, en Chile está situación se circunscribió a un grupo pequeño de mujeres que poseían una privilegiada condición económica pues al Estado no le interesó invertir recursos ni voluntades en el proceso educacional de mujeres procedentes de las clases populares.

De este modo, se instalan en nuestra sociedad las denominadas escuelas de señoritas que capacitaron a las mujeres en el apropiado desempeño de la maternidad y los cuidados del hogar. No obstante, pese al paso del tiempo y las transformaciones en el plano de las políticas públicas educacionales que ha experimentado la sociedad chilena durante el siglo XX, el escenario para las estudiantes de estos establecimientos no ha sufrido grandes modificaciones respecto a los constructos ideológicos dominantes ni a las configuraciones culturales de la femineidad.

Es en relación a la articulación de subjetividades femeninas, la escuela chilena tiene muchas deudas pendientes y un gran número de mujeres víctimas de la violencia simbólica al interior de las aulas. La cristalización de los mecanismos de dominación androcéntrica alcanza su mayor esplendor durante los años de dictadura militar, periodo en el cual el proyecto de escuela nacional tenía como ejes semánticos la matriz heteronormativa, el horror y la violenta represión de los aparatos de seguridad del estado. El aglutinamiento de estos elementos alcanzó su madurez en las políticas públicas educacionales que dinamizaron la escuela pinochetista; instalando los dispositivos de control que normalizaron el cuerpo del sujeto femenino.

Alguien podría creer ingenuamente que con los gobiernos de la concertación y específicamente la ascensión de Michell Bachelet a la Moneda el escenario se tornaría propicio para instalar en el discurso público las problemáticas que aquejan a las mujeres, no obstante, sabemos que todo quedó reducido a insuficientes simulacros mediáticos centrados, por ejemplo,  en la lucha contra el femicidio que año a año sigue aumentando el número de las víctimas.

Cuando señalo que las escuelas privilegian la maternidad de sus alumnas antes que adopten una política identitaria lésbica, me refiero a la incesante persecución y posterior castigo que experimentan las niñas que se autodefinen como lesbianas, al contrario de la actitud de conformidad y respaldo que sostienen los miembros de la comunidad educativa frente a una adolescente embarazada.

Pero volvamos sobre la escuela de Pinochet y sus implicancias en las denominadas escuelas de niñas o como todavía les agrada decir a muchos administrativos, directivos y docentes “escuela de señoritas”. En primer lugar, cabe señalar que existe una feroz heteronorma instalada en los denominados manuales de convivencia donde claramente se privilegia la potencial maternidad de las estudiantes antes de la posibilidad que lleguen a iniciar una relación lésbica durante su estancia en el colegio.

Cuando señalo que las escuelas privilegian la maternidad de sus alumnas antes que adopten una política identitaria lésbica, me refiero a la incesante persecución y posterior castigo que experimentan las niñas que se autodefinen como lesbianas, al contrario de la actitud de conformidad y respaldo que sostienen los miembros de la comunidad educativa frente a una adolescente embarazada. Es evidente que los establecimientos asumen un discurso preventivo respecto al embarazo adolescente y no lo promueven como un ideario para sus estudiantes en los años de escolaridad, pero si como una realidad efectiva en un futuro próximo, es en ese sentido que aún podemos reconocer frases como: “Esperen a ser unas profesionales para ser madres” “Cuando ustedes tengan hijos deben encontrarse preparadas” “Al liceo se viene a estudiar, no a ser mamá…eso es para más adelante”. En las expresiones anteriores se encuentra contenido una visión univoca de las mujeres asentada en el destino biológico de la maternidad, ya que en ningún momento se cuestiona la noción de maternidad, vale decir, las futuras estudiantes formadas en escuelas de estas características llevan impreso el sello de “madres calificadas en la formación de los futuros chilenas/os”. En este sentido, la impronta mariana de la escuela pinochetista no ha sufrido grandes cambios; el cuerpo de las mujeres sigue siendo instrumentalizado por los intereses políticos de las esferas dominantes y la escuela opera como espacio de reproducción homogénea.

Y ¿qué ocurre con el flujo de subjetividades femeninas que se escapan a los ordenamientos de la matriz heterosexual en estas escuelas? La respuesta es muy sencilla: son sistemáticamente acosadas y castigadas por las autoridades de estos establecimientos que van desde los más emblemáticos hasta los menos reconocidos en cuantos al ranking diseñado por el Ministerio de Educación. El primer indicio de normalización corporal e identitaria se observa en el rechazo que existe ante aquellas niñas que han masculinizado su apariencia, ejercicio deconstructivo de los ordenamientos de género conocido en la cultura lésbica como una camiona o butch. Muchas escuelas que incorporan en el proceso de selección entrevistas personales, con el objetivo de conocer si el perfil de la postulante tiene correspondencia con los valores del colegio, al momento de enfrentarse con una butch, pese a que tenga un buen desempeño académico, prefieren entregar ese cupo a una niña que luzca más femenina pues la primera podría afectar la armonía sexual de las otras niñas. Ahora bien, existen situaciones en las cuales niñas con subjetividades disidentes logran sortear la mentada entrevista e ingresan a formar parte del establecimiento y en ese momento se activa todo un aparato de vigilancia sobre ella, ya que podría invitar a las otras a clausurar el ideario mariano implantado en la escuela de Pinochet.

Las estudiantes no son las únicas víctimas de esos mecanismos represivos insertos en la escuela, un número importante de profesoras deben constantemente mentir respecto a su orientación sexual, porque en el minuto en que ellas declaran públicamente su lesbianismo son consideradas un agente de perversión, degeneración o enfermedad  y por supuesto una formadora no puede emular la imagen de Karadima en una escuela con las características ya descritas.

Exclusión, suspensión de matrículas, despidos injustificados, descalabro emocional, culpa judeocristiana, miedo, vergüenza, llamados a la conversión heterosexual son algunas de las expresiones de los dispositivos de control articulados desde los espacios de poder para lograr normalizar la sexualidad y corporalidad de un sujeto femenino nómade. No se trata de satanizar a aquellas mujeres que han decidido ser madres heterosexuales y ensalzar a las lesbianas como la solución a siglos de dominación androcéntrica, sino que visibilizar aquellos discursos que se escapan o desmantelan el seguro andamiaje de la matriz heterosexual/capitalista para acometer contra la violencia simbólica y efectiva que experimentan un grupo importante de mujeres.

Solamente resta decir: ¡Basta de ordenamientos de género basados en preceptos decimonónicos o dictatoriales! Las mujeres de nuestras  escuelas no deben continuar en este espiral de castigos, mentiras y autoflagelación. Las fisuras comenzaron hace bastante tiempo en el discurso educacional institucionalizado gracias a los movimientos estudiantiles, ahora es tiempo de ampliar esa resistencia a otras áreas de la realidad educacional.

Leticia es Profesora de Estado en Castellano (USACH), actualmente está terminando un Doctorado en Literatura (PUC) con una tesis sobre escritoras de los años 50 en el Cono Sur. Además, participa en el colectivo feminista Quimera.

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