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La clase que resuena en la caja de Anabalón

Dicen que la vida no tiene hilos narrativos ni conclusiones; pues tampoco las tiene Caja de resonancia, por Anabalón. En un gesto que busca emular las dinámicas de la memoria[1], las narraciones fragmentadas e interrumpidas que componen este texto aparecen sin pretensión de curatoría –o en el peor de los casos con la intención contraria– como un charquicán de experiencias autoficcionales demasiado íntimas para ser consideradas interesantes.

A través de esta estructura cuestionable –que, por suerte, se compensa en una técnica escritural fluida y honesta– la narración desarrolla, en primera persona, diferentes eventos potentes para la vida de su protagonista, Alejandra: la muerte de su admirada tía, el pasado de la misma como exonerada en dictadura, la vida familiar de la personaje en el seno de la élite política nacional, y el fallecimiento de su madre. Estas situaciones, seguramente lugares comunes de cualquier biografía, aparecen relevadas desde la subjetividad protagónica, en una perspectiva que se valida en el sentir individualista de nuestros tiempos.

Este sentir le entrega valor cultural a compartir las experiencias a través del ojo parcial del ego –ofrecer los propios contextos histórico-biográficos para la discusión pública– y esta novela personal así lo hace: expone sus relatos sobre la posdictadura y el lesbianismo desde la intimidad autorreflexiva de su protagonista. La honestidad de trato respecto a estas temáticas le revela al lector la situación híper privilegiada del imaginario que se construye, ese de la centroizquierda victoriosa y cuica de los noventas.

El primer relato, de hecho, comienza haciendo alarde de su bagaje cultural: “Nos preguntó qué queríamos escuchar. De fondo tenía a Bach. Revisando sus discos, encontré que coincidíamos en Liliana Felipe, Chavela Vargas e Isabel Parra” (16); este tono se perpetúa hasta en las narraciones dictatoriales sobre su tía:

La noche que se los llevaron, mi tía tocaba el piano. Habían regresado de la comida con mi tío filósofo. Él se preparó un whisky y fue a ver una película de Fellini, como todos los viernes […] Mi tía, en cambio, se sirvió una copa de vino blanco y se sentó frente al piano, que estaba en el living de la casa de Antonio Varas. Llevaba días obsesionada con una partitura. Sentía que no lograba sacarla del todo bien. Antes fue Rachmaninoff, ahora es Bach (46).

Que las historias se sitúen en estos escenarios, tan significativos para Chile en su imperdonable exclusividad, le permite al lector entender el despotismo, la insensibilidad de la personaje frente a asuntos concernientes a la clase e incluso la ausencia de problematización de su homosexualidad.

Respecto a los aires de patrona que Alejandra manifiesta, estos se evidencian con mayor notoriedad durante la extendida agonía de su madre. En una ocasión, le recalca al personal médico que su madre es una destacada doctora (136) –por razones políticas, se señala en otro apartado– o que merece un mejor trato que pacientes moribundos (132). Por otro lado, la protagonista se muestra antipática frente a la lucha sindical de su abuela paterna –que es presentada, con razón, como un personaje antagónico–, por quien es encarada por sus privilegios de clase (145).

La autora señala que su homosexualidad no es relevante para su escritura[2], por ende el lesbianismo es representado desde la naturalización en vez de la problematización. Esta posibilidad – o, más bien, oportunidad – está únicamente dada porque el círculo familiar de quien escribe, así como de la personaje representada, se sostiene en el intelectualismo,  el progresismo universitario y facilidad económica de la clase política. En reconocimiento de que hasta la actualidad ser homosexual es controversial en esta sociedad, la decisión de Anabalón de ignorar estos conflictos potencia la sensación de desconexión con la realidad que atraviesa la novela.

Es por todas estas razones que me parece que Caja de resonancia no tiene ninguna relevancia cultural, más allá de ser una colección de relatos posdictatoriales que se sustentan casi únicamente en el ego de quien los escribe. Este libro fracasa en conquistar a cualquier lector nacional salvo, por supuesto, a aquellos que gocen de las mismas facilidades culturales que Constanza Anabalón.

 

Caja de resonancia

Constanza Anabalón

La Calabaza del Diablo, 2016

209 págs.

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[1] Idea presentada por G. Soto A., en una reseña para Loqueleímos.

[2] Entrevista a la escritora y socióloga por Felipe Valdivia, para Soy Pensante.

Celso es editor y tallerista en Weye. Es profesor de facto y escribe sobre cultura en algunos medios digitales. El sueño de su vida es ser influencer

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